Lo que dice Juan de Pedro… “Las víctimas de un sistema sin víctimas…”

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Por: José L. Evangelista El asesinato de Julián Carrillo (defensor de los derechos indígenas) y el de la niña Camila, así como la situación de los migrantes y el odio visceral e infundado en su contra, son facetas de un punto en común que quisiera resaltar: los tres, y miles al igual que ellos, se alzan como los fractales que justifican y perpetúan un status quo violento en el cual sólo cambian víctimas, generadas socialmente para su sacrificio y, nosotros, sociedad, secundamos este proceder. Si proseguimos la imagen dada por Philip Zimbardo, podemos señalar cómo culpamos y responsabilizamos a las “manzanas podridas”, sin embargo somos incapaces de cuestionar el cesto de las mismas. En una economía que produce podredumbre y carencia para que las personas sientan como un privilegio y logro la satisfacción de sus necesidades básicas, nos resulta comprensible la exclusión de quienes no reproducen y, peor, acusan a ese sistema (como fue el caso de Julián Carrillo); pero también culpamos a quienes sometidos bajo el yugo de dicho sistema no logran atender a sus familias (ante el escándalo frente a la madre de la pequeña Camila); o, sin más, responsabilizamos de su mal a quienes todo se les ha arrebatado y buscan formas de supervivencia (es el caso de los migrantes). No obstante, el sistema que ha producido esas condiciones, sistema del cual formamos parte y desde el cual criticamos, permanece sin cuestionamientos. Cualquier sociedad conforma a sus partícipes y, más importante, genera las condiciones por las cuales puedan disfrutar de esa conformación. Así se trate, como sucede en nuestro caso, de condiciones sádicas y masoquistas en las cuales se apuesta por el gozo en la violencia contra sí y contra otros. Al modo de la fiebre que busca el abrigo del frío sin saber que el cobijo le será más dañino, una sociedad dañada permitirá que al interior de sí se encuentren los goces, dañinos, pero anhelados por sus habitantes. Sucede aquí, al modo de los anuncios de antigripales, que mientras puedan ocultarse los síntomas, no importa si no hay cura de fondo; importa que pueda disfrutarse del día. El odio y comentarios ante los asesinatos y los migrantes afirman prácticas coercitivas de mayor peso, pues suponen nuestro acuerdo con las condiciones que los han hecho posibles, así como con la falta de justicia alrededor de los mismos. Los tres casos son reducidos a un disfrute comprendido a través del consumo. Recordemos entonces lo que ya había expuesto Erich Fromm, pues no podemos fomentar el deseo predatorio vinculado al consumo y exigir, al mismo tiempo, autocontrol con miras éticas. En sociedades como la nuestra, la ética y los derechos han sido reducidos a una extensión del consumo, medida social rectora por antonomasia, donde la representación de la violencia ha devenido un producto más. El comportamiento viene mediado por las condiciones de acceso a placeres con independencia de la ética o la legalidad y, quien no puede hacer un disfrute de la violencia por ser incapaz de ubicarse en ese consumo desligado de la ética y la legalidad, accede a la violencia mediante su representación. A nivel social, esto consolida la exigencia de medios violentos, igualmente dispuestos en función del consumo. Serán los encargados de brindar una representación de la violencia. No hay compasión de por medio. No nos interesa el otro, por el contrario, nos interesa que el otro sea condenable en algún punto para poder alejar la ética que podría oscurecer al goce con su sombra. Entonces nos las vemos con nuestra percepción misma en el goce narcisista de una excitación por lo que se nos muestra: la violencia nos despierta una sensibilidad que la compasión no, es decir, disfrutamos el arrebato de la representación propia, no importa el otro, así sea el objeto que despierta la representación. Enaltecemos la representación de la violencia sin el otro que es solamente su soporte o, mejor dicho, donde el otro queda difuminado en favor de un goce malsano, pero asimilado y promovido, dispuesto al consumo. El placer, mientras el arrebato sea más puro, esconde la negación del otro, mero soporte; esa parece ser la enseñanza de los mitos de un Eros que no debía ser visto por Psique, pero también de Don Juan y los extremos, violentos y explícitos, del Marqués de Sade. Es, incluso, fuente del eufemismo francés de la petite mort para el orgasmo: ni el otro, ni el yo, pueden sostenerse ante el mayor placer. (In)Justicia y violencia devienen espectáculo. Hay un placer narcisista en disfrutar de la excitación generada por las noticias, con sus imágenes y narrativas, así como también gozamos de nuestra supuesta consciencia moral soportadas por esa sociedad perversa, según la cual estamos bien y podemos vanagloriarnos en ello, mientras los otros, “distintos”, fuera de este “pacto cordialidad” o “contrato social”, son arrojados a la violencia e injusticia. Reclamamos “justicia”, no obstante, se trata de reclamar la seguridad propia o para lo que consideramos propio: los iguales. La sociedad o el Estado vienen entonces a asegurarnos que todo está bien, que a nosotros no nos pasará nada y, en esos casos “extraordinarios”, les aconteció por las fallas de las cuales se les puede hacer responsables y culpables: el descuido de quienes les rodeaban, su inadaptación al sistema (en el cual creemos estar integrados) o, sin más, el tratarse de otros ajenos a nuestra vida. Esas “fallas” que justifican lo acontecido, no suelen reconocerse como generadas por el mismo sistema. Se cuestiona a la madre y a la familia que se aleja de sus infantes sin cuestionar un sistema que exige la presencia continua de los adultos en trabajos desgastantes para obtener lo mínimo; se cuestiona también a quien se opone “al progreso” y la pobreza de quienes “no trabajan” o, por lo menos, “no trabajan como nosotros” sin cuestionar por la manera en la cual se les niega la posibilidad de vivir como han hecho por generaciones; se cuestiona, también, a quienes han sido explotados como personas hasta quedar reducidas a nada al tiempo que se explotaron sus espacios para dejarlos vaciados, entonces se les culpa por buscar otros espacios, sin embargo no se cuestiona a los explotadores quienes, tras eliminar todo, ahora condenan a los explotados. Intentemos ver, en última instancia, que tras el asesinato de Camila, de Julián Carrillo y la condición de los migrantes, hay un mismo sistema que mantiene a las familias explotadas y en condiciones de pobreza que las aleja de sus infantes; que es el mismo sistema el que arrebata a comunidades ajenas sus derechos, tradiciones y actividades; y, ese mismo sistema, luego condena a esas comunidades, ya desabastecidas de todo, por intentar sobrevivir; pero, también, es ese mismo sistema el que nos hace sentirnos seguros en tanto somos tratados con la misma vara y nos arroja al goce de placeres mórbidos según podamos consumirlos o a sus representaciones. Quien o quienes resulten culpables por el asesinato de Camila serán quienes, no pudiendo consumir por encima de la ética y la ley, lo han hecho bajo su manto, serán entonces culpables a diferencia de quienes han podido consumir, por encima de la ética y la ley, y nos han hecho desear esa violencia de la cual, hoy, disfrutamos mediante su representación. Una vez justificadas “a plenitud” sus situaciones, culpadas las víctimas y sumidos en el disfrute, quienes permanecemos convertimos a Camila, a Julián Carrillo y a los migrantes en las víctimas de un sistema “sin víctimas” que asumimos bueno, bello y verdadero, mientras comprendemos y negamos, muy en el fondo (y quizás no tanto), que siempre estamos expuestos a ser los siguientes, especialmente en la medida en que no nos prestemos a esa justificación, señalamiento y disfrute sádico y masoquista de las víctimas, culpables, de nuestro sistema contemporáneo.

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